martes, 9 de junio de 2026

¿Qué saben de Karma?

Se sirvió café negro quedó mirando por la ventana de la cocina. El cielo estaba gris, pesado. Pensó en la palabra venganza. Arturo hizo memoria. No logró recordar un solo momento en el que hubiera sentido el impulso real de arruinar a alguien. Nunca había trazado un plan, ni devuelto un golpe con alevosía. Recordó algo que había leído hace tiempo. Una frase que le pareció de una practicidad brillante: "No es necesario desearle el mal a los demás. A su debido tiempo, cada uno tiene lo que merece". 

Caminó hacia el living. El disco de vinilo había terminado de girar, pero él no había levantado la aguja. El leve y rítmico rasgueo de la estática llenaba la habitación. Ese sonido seco lo llevó directo a la época del ruido. No recordaba cuándo empezaron exactamente las justificaciones. Ella era un incendio. Las noches transcurrían entre vasos largos de ginebra, ceniceros desbordados y marihuana sobre la mesa de cristal. El rock and roll siempre estaba alto, vibrando en los cimientos del suelo de madera. Había una electricidad cruda en ella que a Arturo lo mantenía a flote. Él se alimentaba de esa fricción constante para no sentir el peso de su propio vacío.

Arturo tenía una regla inquebrantable: nunca cerraba las puertas detrás de él. Para mantener su vida de viajes y propósitos inalterables, también conservaba intactos sus amarres del pasado. Viejos amores a los que había reetiquetado como amistades indispensables, vínculos que defendía a capa y espada eran familia. Creía que podía sostener ambas cosas en sus manos: el fuego salvaje del presente y la red de seguridad del pasado y seguramente del futuro.

Hasta que ella se dio cuenta. El final no tuvo platos rotos ni portazos en el pasillo. Ni siquiera se vieron las caras. Fue un derrumbe a distancia, aséptico y digital.

Rondón estaba en una habitación de hotel, a cientos de kilómetros, cuando el teléfono empezó a vibrar y la pantalla se iluminó con mensajes sucesivos. Ella había armado el rompecabezas. Había descubierto la superposición de historias, las llamadas a deshora, los encuentros casuales con esos "amigos" que en realidad eran fantasmas que se negaba a enterrar.

Él intentó controlarlo. Habló por teléfono, caminó por la alfombra del hotel con el aparato pegado a la oreja, soltando un discurso hilvanado sobre el afecto, la historia compartida y la madurez de no cortar los lazos. Las palabras le salían fáciles, como siempre.

Ella lo escuchó en silencio. La respiración al otro lado de la línea sonaba delgada, cansada. Ya no quedaba rastro de aquella pasión furiosa.

Luego, simplemente colgó. Minutos después, la pantalla del teléfono se iluminó por última vez sobre el velador. Era un mensaje de chat. No había mayúsculas, ni signos de exclamación, ni insultos.

"No te deseo mal", leyó en la pantalla brillante, "pero que caiga sobre ti todo el karma que lleva consigo lo que me has hecho". No tecleó ninguna respuesta. Bloqueó la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y bajó al bar del hotel a pedir un trago. Se sintió ligero. Libre, otra vez, para seguir su rumbo sin dar explicaciones a nadie.

Pasaron los años. Arturo viajó. Cumplió sus propósitos, uno tras otro. Habitaciones, aeropuertos, proyectos terminados. Nunca nadie vino a cobrarle nada. Su vida continuó en un avance constante, sin sobresaltos. El mensaje de chat se fue desdibujando, sepultado bajo kilómetros y caras nuevas.

Hasta esa tarde, frente a la ventana, con la taza de café enfriándose en la mano.Fue entonces cuando comprendió la verdadera dimensión de aquella cita sobre el tiempo y lo que cada uno merece. La venganza no requiere de una tragedia espectacular. A veces, el universo simplemente te concede exactamente lo que te empeñaste en proteger. Miró la sala vacía. La condena de ella se había cumplido con una precisión absoluta, sin que tuviera que mover un dedo. Él había logrado conservar su sagrada independencia, sus viajes, y sus intocables vínculos del pasado. Pero desde aquella noche en el hotel en que la pantalla se apagó, nunca más volvió a sentir nada parecido a la energía de esa mujer. Se había secado. Se había convertido en un hombre de hojalata que iba de un lugar a otro, rodeado de viejos conocidos, pero incapaz de encenderse con nada. El karma no era un rayo cayendo del cielo. Era esto. Este silencio. El eco estático de un disco que ya no tiene música para tocar

Sostener

Deseo ser tu voz
llevarla al oido
abrazar tu duda
ser otra pregunta

Se sabe

El karma no era un rayo cayendo del cielo.
Era esto. Este silencio.
El eco estático de un disco que ya no tiene música para tocar.
Has vuelto a poner música
para tocar
para enteder 

y se sabe:
Apenas aprendemos desaparecemos.

miércoles, 3 de junio de 2026

Buenos Días en Buenos Aires

El olor a río revuelto y a gasolina se le quedó pegado en la piel apenas pisó el muelle. Arturo Rondón bajó del pasamano del buque mercante y lo primero que vio fue la inmensidad turbia de un Río de la Plata que no parecía un río, sino un mar indomable, un monstruo de agua dulce que empujaba los barcos contra los muelles de un Puerto Madero que todavía funcionaba a pleno ritmo, con grúas ruidosas y estibadores a los gritos. Tenía veinticinco años. Buenos Aires se le vino encima de golpe: una bestia urbana de proporciones gigantescas, con un aire europeo inconfundible en las molduras de los edificios y una marea de gente tan diversa que hacía que cualquiera se sintiera invisible.Y eso fue exactamente lo que Arturo hizo. Volverse invisible y caminar.

Inició una caminata larga, extenuante, con el balanceo del mar todavía metido en las piernas. Subió desde el bajo, cruzó la avenida Corrientes y se metió de lleno en el hormiguero del centro. Caminó horas. Pasó por avenidas ruidosas y luego por una sucesión de plazas y parques donde el aroma de la vegetación, el aire denso de la gran ciudad y el calor de la tierra parecieron provocarle una suerte de narcotización.  En ese estado de trance pedestre, los recuerdos empezaron a flotar. Pensó en su juventud reciente, en los años de estudio universitario, en esa urgencia casi desesperada que lo había llevado a convertirse en un marino mercante. Quería probarse. Necesitaba descubrir, sin saberlo con claridad, cuánto pesaba y cuánto medía como hombre en el mundo real, lejos de los mapas y los libros. Caminar y caminar. Deambuló sin rumbo fijo hasta que la geografía de la ciudad empezó a cambiar, a volverse más baja, más humana. Llegó a Palermo, directo a la Plaza Armenia. El ruido del centro se apagó. Ahí el paisaje era distinto: casas contiguas de uno o dos pisos, algunos edificios bajos y fachadas de colores continuas que configuraban un barrio tradicional, tranquilo, donde el tiempo corría más lento y los niños jugaban a la pelota en medio de la plaza.

Se sentó en un banco. El entorno lo asaltó con una familiaridad inesperada. Arturo sabía, por las veces contadas con los dedos de una mano, que había ido a Chillán, que algo de Palermo había en Chillán y viceversa. Rondón nació a inicios de la década del 70. Mirando las casas bajas de Palermo, no pudo evitar recordar las pocas escenas que guardaba de esa ciudad natal. Rondón nació en Febrero, un verano sofocante, irritante, pegajoso. Chile crujía bajo una intensa convulsión social; el campo y la ciudad se mezclaban en las calles de Ñuble, habitadas por una generación joven cargada de una esperanza ciega y arrolladora. Querían transformarlo todo. Venían a quebrar una sociedad abusiva e injusta, convencidos de que era posible construir un lugar donde todos tuvieran la misma oportunidad de empezar desde el inicio. Al mismo tiempo, el pueblo mostraba sus costuras: a pesar de los años transcurridos, los rastros del gran terremoto de Chillán seguían visibles en los adobes partidos y los sitios baldíos. Nacer ahí, en ese punto exacto de la historia, era llevar una marca de nacimiento hecha de polvo, calor y utopía.

Se despabiló cuando la tarde empezó a caer. Volvió a la vereda, buscó y logró encontrar una pensión de cuartos altos en el mismo barrio de Palermo. Fue ahí, en esa habitación prestada, donde Arturo experimentó uno de los descubrimientos más grandes de su vida: la simple capacidad de respirar hondo y entender que, en las ciudades donde uno todavía puede mirar a alguien a los ojos y decir «buenos días», siempre se puede empezar una vida nueva y tomar una decisión distinta sobre la propia existencia.

Por esos días, Arturo leía con profusión a James Pennebaker, un autor norteamericano que postulaba el lenguaje expresivo como una terapia fundamental para morigerar las sombras de angustia que habitan en el inconsciente. Pennebaker señalaba que escribir de corrido, durante quince o veinte minutos, tenía el poder de sanar las heridas de la mente; una especie de exorcismo similar a la corriente de la conciencia que James Joyce había inmortalizado en el Ulises. Bajó a la calle y buscó un café de esquina, de esos con mesas de madera gastada. Se sentó al fondo. Sacó un porro que había conseguido con un amigo de la pensión, lo encendió con disimulo y le dio un par de pitadas profundas. El humo hizo su trabajo, abriendo las compuertas de la memoria. Agarró un cuaderno y un bolígrafo y empezó a escribir desatadamente, dejando que el flujo de su mente dictara las palabras sin filtros ni correcciones.

Escribió sobre el buque mercante. El encierro. La locura latente en la tripulación. Los ojos amarillos del gato Pink Floyd fijos en el comedor antes del horror en el Atlántico. En esa catarsis de tinta, Arturo fue anotando, con una lucidez violenta, todo lo que estaba seguro de que no quería para su vida. Uno a uno fue tachando los miedos heredados, los fantasmas del aislamiento, el terror a quedar atrapado en una rutina de hierro. Y en el reverso de la hoja, comenzó a fortalecer sus convicciones, dibujando el contorno de lo que sí quería: la libertad del suelo firme, la literatura, la posibilidad de elegir su propio destino.

Fueron quince minutos de caligrafía urgente y desprolija. Al terminar, cerró el cuaderno. Sintió el pecho liviano, como si el lenguaje escrito se hubiera llevado el lastre del océano. Con la certeza absoluta de que al día siguiente sería capaz de levantarse, mirar al casero de la pensión y decirle «buenos días», Arturo apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y, por primera vez en muchos meses, se quedó profundamente dormido.

El Gato Pink Floyd

La transición de la ciencia exacta a la barbarie mercantil toma exactamente dieciocho meses. Ese es el tiempo que le toma a un biólogo marino comprender que la observación del océano es una pérdida de tiempo y que la única forma de entender el abismo es gobernando el puente de mando de un buque comercial. El sueldo se triplica; la cordura se reduce a la mitad. Arturo Rondón hizo el cambio tras cartografiar el estrecho de Magallanes. Dejó los cuadernos de notas por las cartas náuticas y se integró a la ruta de conectividad del sur de Chile, donde el mar no es una postal, sino una masa gris que devora los hombres.
Navegar meses a la deriva de un horizonte idéntico arranca al marino de la realidad. La adrenalina de los primeros días se evapora y da paso a una rutina hipnótica, una claustrofobia mental donde el barco se transforma en una olla a presión de acero inoxidable. El cerebro, privado de nuevos estímulos, pierde la noción del tiempo entre el zumbido eterno del motor y el vaivén del oleaje. En ese desierto líquido, el tripulante se convierte en un fantasma carcomido por la nostalgia y el miedo a ser olvidado por un mundo que sigue girando sin él.
Fue en esa geografía del aislamiento, subiendo por el Atlántico hacia el primer puerto argentino antes de Buenos Aires, donde Rondón conoció a Miguel Ángel.
Miguel Ángel era un hombre mayor, con la piel rizada por la sal y el alma agrietada por la historia. Había combatido en las patrullas de resistencia del MIR para defender el gobierno de Salvador Allende. Tras el golpe, escapó por un paso clandestino en la cordillera, cambió su nombre y se hizo marino mercante. Era un espectro político flotando en un no-lugar.
El barco estaba dividido en dos facciones silenciosas. El eje del conflicto no era la política, sino un gato blanco y enorme llamado Pink Floyd. Era la mascota del capitán. El animal gozaba de una libertad obscena; caminaba por las mesas del comedor mirando a la tripulación sobre el hombro, con el desdén de quien se sabe intocable. A la hora del almuerzo, su presencia dividía el comedor: los hombres del capitán lo toleraban; los hombres como Miguel Ángel lo observaban con un odio mineral, contenido solo por la ley del mar.
Dos días antes de tocar puerto, en mitad de la nada, se cruzaron con un ballenero británico que bajaba hacia el Cabo de Hornos. En alta mar, el trueque es la única diplomacia viable para alargar las expediciones. Intercambiaron cajas de provisiones. En el transbordo, un marinero extranjero deslizó en las manos de Miguel Ángel un botín de guerra: unas botellas de whisky y varias calcomanías impregnadas con dietilamida de ácido lisérgico. LSD-25. La promesa de una noche inolvidable en tierra firme tras meses de ayuno sensorial.
La tarde del arribo, el cielo se encapotó con la rapidez de una maldición. El viento comenzó a silbar contra el casco y la tormenta se vino encima. No habría desembarco. Atrapados a pocas millas del puerto, la frustración se volvió eléctrica. Miguel Ángel, buscando evadir la realidad de otra noche enjaulado, se adelantó junto a otro marinero y consumió la sustancia.
La cena se sirvió con el buque hundiéndose y elevándose en el oleaje atlántico. El movimiento era violento. Las moléculas del ácido ya habían colonizado los receptores de serotonina de Miguel Ángel cuando este fue obligado a sentarse a la mesa. En el extremo opuesto, el capitán cenaba en silencio. A su lado, Pink Floyd lo observaba todo.
El efecto del alucinógeno dilató el tiempo. Miguel Ángel miraba fijamente al felino, viendo probablemente en sus ojos amarillos el reflejo de los traidores que lo persiguieron en la cordillera. Entonces ocurrió el milagro negro: el gato levantó la cola y un hilito amarillo de orina avanzó por la mesa de metal inoxidable, sorteando los desniveles del oleaje, hasta rodear perfectamente el plato de Miguel Ángel.
El cerebro del exguerrillero hizo cortocircuito. En una cámara lenta de pesadilla, Miguel Ángel se levantó. Su silla cayó hacia atrás. Cruzó el comedor antes de que nadie pudiera reaccionar, agarró a Pink Floyd por la cabeza y corrió hacia la cubierta bajo una lluvia torrencial. Detrás, el comedor estalló. Los hombres del capitán y los amigos de Miguel Ángel se persiguieron por los pasillos estrechos en una estampida de botas y gritos.
Fue inútil. En una esquina de babor, bajo el destello de los relámpagos, Miguel Ángel sacó un cuchillo de marinero. Con una precisión quirúrgica, le cortó la cabeza al animal y arrojó el cuerpo sangrante al abismo negro del Atlántico.
Cuando la turba llegó a la cubierta, lo encontraron de pie, desafiante, con las manos rojas y la mirada perdida en la tormenta, rodeado por hombres que querían lincharlo y otros que formaban una barrera humana para protegerlo. El capitán, pálido, ordenó encerrarlo en el calabozo de proa bajo llave.
El barco entró a puerto al amanecer, escoltado por el silencio y el horror. Arturo Rondón bajó la pasarela esa misma mañana. Miró sus manos, miró el mar gris y comprendió que la línea entre la cordura y el océano es demasiado delgada. Nunca volvió a subir a un buque mercante.

Lo que calzamos 1.0


lunes, 11 de mayo de 2026

El Comandante Matute

El aire en Concepción tenía ese espesor de los días en que el miedo hace temblar cualquier valentía. Pero a Ramón, que a los diecisiete años se sentía dueño de una inmortalidad prestada, el miedo le resbalaba. Más que su primo, era el amigote del barrio, el cómplice de cuadra con el que Arturo Rondón compartía una curiosidad inmensa por el mundo y esas estupideces que los hacían reír hasta que les doliera el estómago.


Le decían el Comandante Matute. El apodo era una referencia directa al policía de Don Gato y su pandilla. Pero este Matute era un flaco de movimientos eléctricos que, en lugar de una luma, andaba siempre agitando una varilla delgada. La movía para todos lados, desafiando el aire, cortando el sonido con un zumbido seco que parecía una advertencia.


Esa tarde, en el departamento de primer piso frente a la Laguna Redonda, el Comandante Matute no soltaba su varilla. Escuchaba a su pariente, el poeta Omar Lara, hablar de los Cárpatos y de Mihai Eminescu. Omar acababa de traducir El Lucero, esa historia de amor imposible donde Hyperion, el genio inmortal, intenta volverse mortal por la princesa Catalina. Ramón estaba fascinado por esa brecha insalvable entre el ser eterno y la condición de los que mueren.


En un momento, Omar nos miró y con esa sonrisa acogedora y astuta que tenía nos recordó su poema y lo hizo bailar en la conversación:


“Porque esta broma del amor, esta jugada maestra de sentirnos necesarios, ha ganado terreno, nos ha solicitado sabiamente: nos hemos vuelto locos. Hemos resuelto que esto es el amor”.


Ramón dejó de mover la varilla. Se quedó mirando el vacío de la laguna tras el ventanal.

—Es una jugada maestra —susurró, imitando el tono del poeta—. El Lucero quiere bajar, quiere ser como nosotros aunque sepa que se va a quemar.


Cuando el tinto se hizo escaso, los dos amigos salieron a la calle. Cerca de los edificios militares, un conscripto los detuvo. Ramón, con la audacia de quien se cree un astro intocable, no guardó su varilla. La agitó frente al cañón del fusil con un silbido desafiante, como si ese trozo de madera fuera más real que el acero.


—Nunca le puedes disparar a un chileno, ¿me entiendes? —le dijo al soldado. El Comandante Matute no esperaba respuesta; simplemente siguió caminando, cortando el aire con su varilla y dejando atrás al uniformado, que se quedó estático, balbuceando órdenes que nadie escuchó.


Décadas más tarde, al abrir la antología Nohualhue: Ida y Vuelta, Arturo leyó la dedicatoria de Omar y entendió. Aquella tarde no fue una reunión familiar, fue la verdadera jugada maestra: haber habitado ese instante donde la poesía y la bravura de un flaco de barrio se volvieron una sola cosa eterna. Arturo cerró el libro y le pareció escuchar, nítido, el silbido de la varilla cortando el aire. El Comandante Matute seguía ahí, suspendido sobre la laguna, negándose a ser mortal.



domingo, 10 de mayo de 2026

La ñora madre


sábado, 9 de mayo de 2026

Arturo Transparente

 Concepción olía a tiza húmeda y al rastro metálico de Talcahuano. Arturo Rondón, de diez años, lentes gruesos y peinado rígido, enfrentaba al curso en silencio. Su estrabismo a veces le ladeaba el mundo, pero la quietud del aula era nítida.


El profesor aguardaba. En esos ocho segundos de abismo, el silencio del aula pesaba. A su lado, su mejor amigo —rojo como un tomate y con los ojos clavados en el pizarrón— estaba a punto de estallar en una carcajada terminal.


Al verlo, un hilo tibio bajó por la pierna de Arturo hasta encharcar el suelo. Entre el estruendo de las risas, cerró los ojos y se refugió en un recuerdo de una micro Sol Jet; apretó la baranda de fierro, idéntica al camión de madera que le dio su abuelo. En el pick de la vergüenza, simplemente se volvió transparente.


Arturo no bajó la cabeza. Tras los cristales gruesos, su voz brotó con una fluidez feroz que sepultó las burlas. El niño temeroso se quedó en aquel charco; allí nació el orador que, con los zapatos todavía mojados, rompió el silencio para siempre.


martes, 5 de mayo de 2026

Arturo se volvió transparente

Concepción olía a tiza húmeda y a ese rastro metálico que el viento traía de las pesqueras de Talcahuano. Arturo Rondón, con diez años, estaba de pie frente al curso, con sus lentes de marco grueso y el pelo rígidamente peinado hacia un lado. Su estrabismo, a veces, le hacía ver el mundo en diagonal, pero el silencio era perfectamente nítido.

El profesor esperaba la respuesta. Pasaron tres, cinco, ocho segundos. Siempre había sido así: un abismo de tiempo antes de emitir una palabra; una pausa que en el barrio de Laguna Redonda se llenaba con el sonido de los sapos, pero que en la sala de clases se sentía como una sentencia. A su lado, su mejor amigo estaba por estallar; tenía la cara roja como un tomate y los ojos fijos en el pizarrón, aguantando una carcajada terminal.

Al verlo, Arturo sintió un hilo tibio bajando por su pierna. El líquido se coló por la basta del pantalón y formó una poza entre sus zapatos y el piso de madera. El estruendo de las risas no se hizo esperar. Arturo miró el charco y luego cerró los ojos, imaginando que estaba de pie en una micro Sol Jet —blanca con franjas rojas y verdes—, afirmado en la baranda de fierro que se sentía igual al camión de madera que le regaló su abuelo. En ese instante, la vergüenza alcanzó su punto más alto y, simplemente, se volvió transparente.

Rondón no bajó la cabeza. Miró al profesor a través de sus cristales gruesos y, sin esperar un solo segundo, empezó a hablar. Disertó con una fluidez feroz, saltando sobre las burlas con una elocuencia que nadie le conocía. El niño que le temía a las palabras murió en ese charco; allí nació un niño que no le teme a ninguna audiencia, con los zapatos mojados y el silencio roto para siempre.

La luz que vacila

Vuelo azul al mar
aprieto cada grano de arena
susurro
respondo
vuelo
insisto
tomo de la mano el sueño vuelvo y parpadeo.

Parpadee donde quiera abrir los ojos.

Cobija

Pequeños regalos imprevistos
Lo esencial es lo que hace
desprovista de cualquier desamparo
cobija un poema peligroso.

Piedra de lago

Tiempo es lo que hay en el bosque
supe del mar luego
unos ojos me tragaron en un lago

Sonda

Una sonda corriendo sin interferencias
la espuma de la ola se aleja
Puede verse en el fondo
vida de aguas más profundas.

Reparador

Soy un cazador de palabras 
que parecen mariposas
pretendo reparar palabras
encadenar tiempos
como un reglamento
que no traiciona ningún sueño


El ron cola en el fin del mundo

Para entender al tío Arturo, hay que entender a uno de sus grandes amores: Lupe. Leo unas páginas de su diario o "notas de viaje", como le gustaba decir: Lupe tenía treinta y dos años, piel canela y una sonrisa ancha que parecía iluminar el humo del Bar Shackleton. Tenía el pelo corto y una mirada desafiante; de esas que te escrutan el look y la historia personal en un segundo, como si estuviera dictando una sentencia sobre tu propia existencia. Era una científica experta en algas, pero con un alma que todavía vibraba al ritmo de los Sex Pistols. Aunque su pasado era puramente antisistema y punky, su presente era una trinchera desesperada contra la hegemonía de la inversión versus la vida. "Si ellos quieren certeza para invertir", decía con una voz que rugía, "nosotras queremos certeza para proteger la naturaleza". Por mi lado, promediaba los cincuenta y era un intermediario: un hombre capaz de habitar la verticalidad de un yate o la humildad de una canoa en medio de un diluvio, en plena pesca. Un puente entre ingenieros y comunidades locales; un defensor incansable de derechos en el "horroroso Chile", como decía Enrique Lihn. Nos encontramos solos en una mesa, refugiados del encuentro de científicos en Punta Arenas. El primer estado de conexión —ese pacto de credibilidad inmediato— fue el ron cola. En un bar donde imperaba el gin, el pisco o el whisky, ellos compartían ese brebaje anacrónico: un sabor que los separaba del resto. Le conté la historia de la Isla de los Huevones, ese islote en la curva del Lago General Carrera que es una lección de ironía geográfica: "Los que vienen del norte ven a Chile Chico y dicen: 'Allá están los huevones'; y los que están en el pueblo ven venir el bote y dicen: 'Ahí vienen los huevones'. Dependiendo de dónde estés, el tonto siempre es el otro". Nos reímos con ganas bajo el infalible brebaje de las endorfinas. Entre copas, sellamos un plan: zarpar al día siguiente hacia la costa insular más remota para capturar con drones el rastro invisible de las algas. El día pasó adrenalínico y húmedo. Esa noche nos quedamos en el refugio de exploradores esperando que, a la mañana siguiente, vinieran por nosotros. Afuera, el viento de Magallanes aullaba, pero adentro el fuego nos escupía calor en la cara y Lupe me miraba. Ella era una emboscada. Se quitó la parca y ahí estaba, con su olor a mar y a rebeldía punky, hablándome de sus certezas mientras yo solo quería saber a qué sabía su piel acanelada. Me agarró de la camisa y me acercó al fuego. El tiempo se detuvo ahí mismo, entre el humo de la leña. No preciso verla para olfatear esa dulce humedad azul y seguir. Me dice: "Necesito tu abrazo". La abrazo. La trato de usted. Ella me susurra, tibio, suave; mece sus caderas. Su estado es de gracia. Nos coge un ventarrón irresistible, nos paseamos lentamente y vivimos una de esas jornadas en las que una mujer te hace olvidar que hay muerte. Cuando el sol asomó, insólitamente tibio, ella ya estaba de pie, fría como la cuchara de ese café. Me miró una última vez antes de zarpar y supe que ese era el mejor "buenos días" que la vida me iba a regalar antes de que el olvido hiciera su trabajo. No la volví a ver hasta dos décadas después, en un aeropuerto. Caminaba de la mano con un hombre que, al parecer, amaba. Recordé la mañana en que todo terminó. Lo que más me desarmó fue el sonido de mi nombre en sus labios: "Arturo Rondón". En esa sala de embarque cerré los ojos y dejé que el cuento se acabara mientras sonaba en mis audífonos New Morning de Bob Dylan: “So happy just to see you smile Underneath the sky of blue On this new morning, new morning On this new morning with you” "Tan feliz de solo verte sonreír debajo del cielo azul. En esta nueva mañana, nueva mañana. En esta nueva mañana contigo". Abril 2026, Gabriel Reyes Quiroz.

lunes, 27 de abril de 2026

viaje posible

He perseguido por años un aroma lo traje para siempre lo perdí por años.

Sabré en esas espaldas fundar un tramado desde tus párpados a los míos. Hay un viaje posible yema a yema.

Seguiré las claves que me lleven al mapa.

lunes, 20 de abril de 2026

El Rastro Invisible del Tío Arturo

El guante de cuero de mi tío Arturo ha desaparecido. No es una pérdida menor; es el extravío de una pieza de piel que alguna vez tuvo tacto y ahora es solo un hueco en la memoria de los objetos. Es una ausencia que se coordina como esas bandadas de pájaros del sur austral.

El tío decía que no había que buscarle tres patas al gato. Su ética era un disparo; me dejó un consejo que no pude olvidar: “La vida es muy corta, hay que hacerla corta; hacer lo que nazca, eso es”.

¿Cómo llegaron esos guantes a sus manos?

—Se los gané a un tipo en el Shackleton Bar —decía él—, un sujeto que parecía personaje de una novela de Coloane. Los acepté porque en ese fin del mundo, si no te aferras a algo, te conviertes en un desierto.

Aseguró: “No tengo dudas; el guante está en el mismo lugar donde habita la carta robada de Edgar: seguramente encima de alguna repisa, a simple vista”.

Arturo lo dejó ir porque entendió que, tarde o temprano, la única verdad que queda cuando se apagan las luces es más breve que cualquier cuento; al final, todo se trata de una fábula exagerada.

Es urgente

Yo digo que la vida es muy corta
hay que hacerla corta
hacer lo que
nazca
es

miércoles, 8 de abril de 2026

Mapeos y visiones

Una sonda corriendo
sin interferencias 
la espuma de la ola se aleja
puede verse en el fondo 
vida de aguas mas profundas


martes, 7 de abril de 2026

El Espíritu del Bosque tiene un mapa (poética)

Abril en Tracura.
La humedad sube, la temperatura cae
el bosque de la Araucanía respira.

Esa noche de abril,
el día se apagó de un golpe.
Dormir no fue cerrar los ojos
fue cruzar un umbral.
El aire espeso
saturado de esporas invisibles.

La carne de los hongos
el bosque me respiró
en los márgenes y la energía febril
parecía flotar
en el ambiente afiebrado.

La luna se filtró entre los árboles
arrastrado al centro
Caí al piso, la carne comenzó a hablar. 

Catarsis plástica, movimientos coherentes y perfectos,
danza moderna cruda, transparente y auténtica.
transpiraba el agua del bosque
la multitud me rodeaba,
juntando las manos para venerar ese exorcismo físico.

El viaje alucinógeno desdibujó los límites de la materia.
Caí por escaleras invisibles en medio de la maleza.
Tres perros en una cuneta amagaron con morder mi mano
antes de volverse dóciles.

A la mañana siguiente, el bosque seguía ahí,
silencioso.
Las setas continuaban su trabajo bajo la hojarasca.
Esa noche comprendí que, cuando el micelio despierta,
la frontera entre la vigilia y el delirio desaparece
el inconsciente emerge y la tierra te lee.

lunes, 6 de abril de 2026

El Espíritu del Bosque Tiene un Mapa

Abril en Tracura. La humedad sube, la temperatura cae y el bosque de la Araucanía respira a través de su inmensa red de micelio. Esa noche de abril, con una tos persistente, la estufa quemando al mínimo, el día se apagó de un golpe. No había energía eléctrica; apenas unos focos LED acompañaban la oscuridad.

Dormir no fue cerrar los ojos, fue cruzar un umbral. El aire estaba espeso, saturado de esporas invisibles. No hizo falta morder la carne de los hongos; el bosque me respiró a mí. La psilocibina de los Psilocybe ocultos en los pastizales, la ensoñación delirante y disociativa de la Amanita muscaria en los márgenes, y la energía febril del Gymnopilus junonius parecían flotar en el ambiente, apoderándose de mi fiebre.

La luna llena se filtró entre los árboles y, de pronto, el suelo húmedo de la cabaña ya no era solo madera y tierra. Había figuras, cuerpos moviéndose en la penumbra en un trance oriental, a medio camino entre el yoga y el chi-kung. Al principio los observé con desgano, con cierta burla, pero el espíritu del bosque tenía un mapa y me obligó a seguirlo. Mi cuerpo fue arrastrado al centro. Caí al piso, y desde ahí la carne comenzó a hablar. Inició una catarsis plástica, movimientos coherentes y perfectos, una danza moderna cruda, transparente y auténtica. Yo transpiraba el agua del bosque mientras la multitud me rodeaba, juntando las manos para venerar ese exorcismo físico.

El viaje alucinógeno desdibujó los límites de la materia. Caí por escaleras invisibles en medio de la maleza, acechado por tres perros en una cuneta que amagaron con morder mi mano antes de volverse dóciles. La desintegración del espacio me expulsó del bosque y la humedad de la Araucanía se volvió de pronto el concreto del Estadio Nacional. Inmerso en una protesta, defendí a un muchacho rogando a gritos que no se lo llevaran, aferrado a él como mi único soporte emocional. Todo terminó de fracturarse en la confusión.

A la mañana siguiente, el bosque seguía ahí, silencioso. Las setas continuaban su trabajo bajo la hojarasca. Esa noche comprendí que, cuando el micelio despierta, la frontera entre la vigilia y el delirio desaparece; a veces, basta con dormir en su territorio para que el inconsciente emerja y la tierra te lea.

lunes, 30 de marzo de 2026

No podría creerlo

 


Fábula exagerada

 


jueves, 26 de marzo de 2026

domingo, 8 de marzo de 2026

El Toque de Gracia (Puerto Madero, 1999)

Como en todas las cosas, los finales parecen notarse más que los inicios. Hablo de finales del siglo xx, niñeces, juventudes, nuevas vejeces. Es el fin de un siglo que algunos hemos vivido desde la década del setenta y que, en febrero de 1999, comenzaba a retirarse. En los finales, la tendencia es marcar el camino con un trazo firme, como el palo que entra profundo en la arena al escribir el nombre de la amada o la vil orinada en el árbol.

Fue bajo ese sol crepuscular donde apareció la orden de Humo: "Socio, sábado 27 de febrero, Charly en vivo, gratis... y damos un toque de gracia". La respuesta de Recogedor fue el inicio de una huida: "¡Ya!, de ahí somos".

Despegamos de Santiago a las 19:55 en un 727 de vidrios cochinos. El avión era una cápsula de impaciencia donde los lentes azules transformaban la noche en día y un Johnny Walker etiqueta roja servía para lubricar la espera. A 33 mil pies, sobre la "incógnita bisagra" de los Andes, la realidad se fragmentó: tres argentinos y tres uruguayos —miembros de Los Iracundos— compartían la fila. Hablaban de festivales y de Puerto Montt, esa canción cuyo autor murió sin haber pisado jamás el suelo que hizo eterno. Nosotros, mientras tanto, surfeábamos nubes, sintiendo que estábamos, al mismo tiempo, en el cielo y en el infierno.

Aterrizamos en la humedad de Buenos Aires a las 22:12. El reloj era un verdugo. Trepamos a un taxi que devoró los 35 kilómetros desde Ezeiza a 120 por hora, sorteando peajes entre charlas sobre el "Matador" Salas y la bohemia porteña. Pero el tránsito se detuvo en seco cerca de Puerto Madero. "¡Señor, aquí nos bajamos!", gritamos. Eran las 22:27. Corrimos.

Lo que encontramos en la explanada de los diques no era un recital; era una "gregariedad acompañada" de 200 mil personas. Familias con coches de guaguas, gente trepando a las torres de iluminación y la música de García golpeando el pecho como la tarea más envidiable del planeta.

Allí arriba, Charly García tenía 48 años. Era un hombre en el meridiano de su propia leyenda, capturando el espíritu de una época que se grababa bajo el nombre de Demasiado Ego. Nosotros, los protagonistas de esta carrera, teníamos apenas 28 años. Éramos jóvenes, imprudentes y estábamos vivos. Entre los acordes de los dinosaurios que desaparecen y el reencuentro con Nito Mestre, la noche pareció detenerse en una de sus sentencias más feroces: "Porque el que no vive de lo que quiere, de lo que ama, está muerto".

A las 00:45 del 28 de febrero, la música se detuvo. Quedó el "olor a mirar". Gentes felicitándose en sus rostros por el solo hecho de haber estado ahí. Brazos levantados al mismo tiempo, fabricando la película de la vida que uno siempre quiere filmar.

Hoy, mientras termino de escribir estas líneas, uno de aquellos jóvenes que corrieron por la avenida Alicia Moreau, acaba de cumplir exactamente 55 años. La distancia entre los 28 de entonces y los 55 de hoy es un abismo que solo se cruza con la memoria. Aquella fue, sin duda, una de las  escenas principales de nuestra película. Porque al final, entre el alcohol, el humo y los tambores de las calles, la conclusión sigue siendo una verdad física: “gozar es tan necesario mi amor”.

Sábado 7 de marzo de 2026

Descontrol anímico
vitamina para la palabra
Riff escondido
( intro "sabrosa" de Beastie Boys)
premonitorio.

 " haré una confesión:

 amo lo que me acaricia

 creo que el amor forma parte

 del brillo

 y la virtud del sol"

de Safo
 interpretado por Soledad Fariña.

viernes, 20 de febrero de 2026

y me dejo caer
me tiendo
soy estoy
a disposición de su aire
de su doma

Único afán

He decidido no arrepentirme de nada
hablar como si tuviera la corriente de la conciencia
como uno
como único afán

Estado de semilla

No he sido capaz en ningún día y en ninguna semana
soltar el fantasma que me ronda
dónde estás...

No puede haber un mejor buenos días
ni el primer café de la mañana
y el tercer vaso de agua
leerte
genera un dibujo que hace luz
esa llama zumo que palpa mi ventana
como un ruido reventado
guitarras celestes de rock

Siempre allí en estado de semilla
naturaleza que calcula y maquilla
como las cosas que no mueren
perfuman.

viernes, 9 de enero de 2026

de Rubilar

Soy solo un villano, que nunca salió del barrio.
Un náufrago de una pequeña isla,
un barco encallado en el hielo
sin tripulación viva,
                                un vulgar pajaro qué le canta a un atardecer 
pensando que es el último.

La imagen de un culo en una silla de plástico olvidada.