lunes, 30 de marzo de 2026

No podría creerlo

 


Fábula exagerada

 


jueves, 26 de marzo de 2026

domingo, 8 de marzo de 2026

El Toque de Gracia (Puerto Madero, 1999)

Como en todas las cosas, los finales parecen notarse más que los inicios. Hablo de finales del siglo xx, niñeces, juventudes, nuevas vejeces. Es el fin de un siglo que algunos hemos vivido desde la década del setenta y que, en febrero de 1999, comenzaba a retirarse. En los finales, la tendencia es marcar el camino con un trazo firme, como el palo que entra profundo en la arena al escribir el nombre de la amada o la vil orinada en el árbol.

Fue bajo ese sol crepuscular donde apareció la orden de Humo: "Socio, sábado 27 de febrero, Charly en vivo, gratis... y damos un toque de gracia". La respuesta de Recogedor fue el inicio de una huida: "¡Ya!, de ahí somos".

Despegamos de Santiago a las 19:55 en un 727 de vidrios cochinos. El avión era una cápsula de impaciencia donde los lentes azules transformaban la noche en día y un Johnny Walker etiqueta roja servía para lubricar la espera. A 33 mil pies, sobre la "incógnita bisagra" de los Andes, la realidad se fragmentó: tres argentinos y tres uruguayos —miembros de Los Iracundos— compartían la fila. Hablaban de festivales y de Puerto Montt, esa canción cuyo autor murió sin haber pisado jamás el suelo que hizo eterno. Nosotros, mientras tanto, surfeábamos nubes, sintiendo que estábamos, al mismo tiempo, en el cielo y en el infierno.

Aterrizamos en la humedad de Buenos Aires a las 22:12. El reloj era un verdugo. Trepamos a un taxi que devoró los 35 kilómetros desde Ezeiza a 120 por hora, sorteando peajes entre charlas sobre el "Matador" Salas y la bohemia porteña. Pero el tránsito se detuvo en seco cerca de Puerto Madero. "¡Señor, aquí nos bajamos!", gritamos. Eran las 22:27. Corrimos.

Lo que encontramos en la explanada de los diques no era un recital; era una "gregariedad acompañada" de 200 mil personas. Familias con coches de guaguas, gente trepando a las torres de iluminación y la música de García golpeando el pecho como la tarea más envidiable del planeta.

Allí arriba, Charly García tenía 48 años. Era un hombre en el meridiano de su propia leyenda, capturando el espíritu de una época que se grababa bajo el nombre de Demasiado Ego. Nosotros, los protagonistas de esta carrera, teníamos apenas 28 años. Éramos jóvenes, imprudentes y estábamos vivos. Entre los acordes de los dinosaurios que desaparecen y el reencuentro con Nito Mestre, la noche pareció detenerse en una de sus sentencias más feroces: "Porque el que no vive de lo que quiere, de lo que ama, está muerto".

A las 00:45 del 28 de febrero, la música se detuvo. Quedó el "olor a mirar". Gentes felicitándose en sus rostros por el solo hecho de haber estado ahí. Brazos levantados al mismo tiempo, fabricando la película de la vida que uno siempre quiere filmar.

Hoy, mientras termino de escribir estas líneas, uno de aquellos jóvenes que corrieron por la avenida Alicia Moreau, acaba de cumplir exactamente 55 años. La distancia entre los 28 de entonces y los 55 de hoy es un abismo que solo se cruza con la memoria. Aquella fue, sin duda, una de las  escenas principales de nuestra película. Porque al final, entre el alcohol, el humo y los tambores de las calles, la conclusión sigue siendo una verdad física: “gozar es tan necesario mi amor”.

Sábado 7 de marzo de 2026

Descontrol anímico
vitamina para la palabra
Riff escondido
( intro "sabrosa" de Beastie Boys)
premonitorio.

 " haré una confesión:

 amo lo que me acaricia

 creo que el amor forma parte

 del brillo

 y la virtud del sol"

de Safo
 interpretado por Soledad Fariña.