Sobre la mesa, el verde de otro viaje.
No hay nada que nos devuelva a la caleta
donde las voces eran pan de miradas perdidas.
Ella, los ojos fijos en un sitio
donde la lluvia cae sin memoria.
Él, con la pipa, un humo que se olvida,
quizá de un río que no tuvo orilla.
Los vasos traen el eco de campanas
que nadie escucha en la plaza.
Somos el resto de un domingo ajeno en ajenjo
el último del barrio en la penumbra.
Afuera, la ciudad respira su fatiga,
sus luces falsas, su ruido inútil.
Aquí, solo este letargo
la infancia que se fue con las gaviotas de Omar en el centro.
Y la esperanza, como nave nocturna
pasa de largo,
no tiene alma ese puerto
se sientan a esperar el fin del viaje
se embriagan de puro mirarse sin verse.
