Se sirvió café negro quedó mirando por la ventana de la cocina. El cielo estaba gris, pesado. Pensó en la palabra venganza. Arturo hizo memoria. No logró recordar un solo momento en el que hubiera sentido el impulso real de arruinar a alguien. Nunca había trazado un plan, ni devuelto un golpe con alevosía. Recordó algo que había leído hace tiempo. Una frase que le pareció de una practicidad brillante: "No es necesario desearle el mal a los demás. A su debido tiempo, cada uno tiene lo que merece".
Caminó hacia el living. El disco de vinilo había terminado de girar, pero él no había levantado la aguja. El leve y rítmico rasgueo de la estática llenaba la habitación. Ese sonido seco lo llevó directo a la época del ruido. No recordaba cuándo empezaron exactamente las justificaciones. Ella era un incendio. Las noches transcurrían entre vasos largos de ginebra, ceniceros desbordados y marihuana sobre la mesa de cristal. El rock and roll siempre estaba alto, vibrando en los cimientos del suelo de madera. Había una electricidad cruda en ella que a Arturo lo mantenía a flote. Él se alimentaba de esa fricción constante para no sentir el peso de su propio vacío.
Arturo tenía una regla inquebrantable: nunca cerraba las puertas detrás de él. Para mantener su vida de viajes y propósitos inalterables, también conservaba intactos sus amarres del pasado. Viejos amores a los que había reetiquetado como amistades indispensables, vínculos que defendía a capa y espada eran familia. Creía que podía sostener ambas cosas en sus manos: el fuego salvaje del presente y la red de seguridad del pasado y seguramente del futuro.
Hasta que ella se dio cuenta. El final no tuvo platos rotos ni portazos en el pasillo. Ni siquiera se vieron las caras. Fue un derrumbe a distancia, aséptico y digital.
Rondón estaba en una habitación de hotel, a cientos de kilómetros, cuando el teléfono empezó a vibrar y la pantalla se iluminó con mensajes sucesivos. Ella había armado el rompecabezas. Había descubierto la superposición de historias, las llamadas a deshora, los encuentros casuales con esos "amigos" que en realidad eran fantasmas que se negaba a enterrar.
Él intentó controlarlo. Habló por teléfono, caminó por la alfombra del hotel con el aparato pegado a la oreja, soltando un discurso hilvanado sobre el afecto, la historia compartida y la madurez de no cortar los lazos. Las palabras le salían fáciles, como siempre.
Ella lo escuchó en silencio. La respiración al otro lado de la línea sonaba delgada, cansada. Ya no quedaba rastro de aquella pasión furiosa.
Luego, simplemente colgó. Minutos después, la pantalla del teléfono se iluminó por última vez sobre el velador. Era un mensaje de chat. No había mayúsculas, ni signos de exclamación, ni insultos.
"No te deseo mal", leyó en la pantalla brillante, "pero que caiga sobre ti todo el karma que lleva consigo lo que me has hecho". No tecleó ninguna respuesta. Bloqueó la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y bajó al bar del hotel a pedir un trago. Se sintió ligero. Libre, otra vez, para seguir su rumbo sin dar explicaciones a nadie.
Pasaron los años. Arturo viajó. Cumplió sus propósitos, uno tras otro. Habitaciones, aeropuertos, proyectos terminados. Nunca nadie vino a cobrarle nada. Su vida continuó en un avance constante, sin sobresaltos. El mensaje de chat se fue desdibujando, sepultado bajo kilómetros y caras nuevas.
Hasta esa tarde, frente a la ventana, con la taza de café enfriándose en la mano.Fue entonces cuando comprendió la verdadera dimensión de aquella cita sobre el tiempo y lo que cada uno merece. La venganza no requiere de una tragedia espectacular. A veces, el universo simplemente te concede exactamente lo que te empeñaste en proteger. Miró la sala vacía. La condena de ella se había cumplido con una precisión absoluta, sin que tuviera que mover un dedo. Él había logrado conservar su sagrada independencia, sus viajes, y sus intocables vínculos del pasado. Pero desde aquella noche en el hotel en que la pantalla se apagó, nunca más volvió a sentir nada parecido a la energía de esa mujer. Se había secado. Se había convertido en un hombre de hojalata que iba de un lugar a otro, rodeado de viejos conocidos, pero incapaz de encenderse con nada. El karma no era un rayo cayendo del cielo. Era esto. Este silencio. El eco estático de un disco que ya no tiene música para tocar
