martes, 9 de junio de 2026

¿Qué saben de Karma?

Se sirvió café negro quedó mirando por la ventana de la cocina. El cielo estaba gris, pesado. Pensó en la palabra venganza. Arturo hizo memoria. No logró recordar un solo momento en el que hubiera sentido el impulso real de arruinar a alguien. Nunca había trazado un plan, ni devuelto un golpe con alevosía. Recordó algo que había leído hace tiempo. Una frase que le pareció de una practicidad brillante: "No es necesario desearle el mal a los demás. A su debido tiempo, cada uno tiene lo que merece". 

Caminó hacia el living. El disco de vinilo había terminado de girar, pero él no había levantado la aguja. El leve y rítmico rasgueo de la estática llenaba la habitación. Ese sonido seco lo llevó directo a la época del ruido. No recordaba cuándo empezaron exactamente las justificaciones. Ella era un incendio. Las noches transcurrían entre vasos largos de ginebra, ceniceros desbordados y marihuana sobre la mesa de cristal. El rock and roll siempre estaba alto, vibrando en los cimientos del suelo de madera. Había una electricidad cruda en ella que a Arturo lo mantenía a flote. Él se alimentaba de esa fricción constante para no sentir el peso de su propio vacío.

Arturo tenía una regla inquebrantable: nunca cerraba las puertas detrás de él. Para mantener su vida de viajes y propósitos inalterables, también conservaba intactos sus amarres del pasado. Viejos amores a los que había reetiquetado como amistades indispensables, vínculos que defendía a capa y espada eran familia. Creía que podía sostener ambas cosas en sus manos: el fuego salvaje del presente y la red de seguridad del pasado y seguramente del futuro.

Hasta que ella se dio cuenta. El final no tuvo platos rotos ni portazos en el pasillo. Ni siquiera se vieron las caras. Fue un derrumbe a distancia, aséptico y digital.

Rondón estaba en una habitación de hotel, a cientos de kilómetros, cuando el teléfono empezó a vibrar y la pantalla se iluminó con mensajes sucesivos. Ella había armado el rompecabezas. Había descubierto la superposición de historias, las llamadas a deshora, los encuentros casuales con esos "amigos" que en realidad eran fantasmas que se negaba a enterrar.

Él intentó controlarlo. Habló por teléfono, caminó por la alfombra del hotel con el aparato pegado a la oreja, soltando un discurso hilvanado sobre el afecto, la historia compartida y la madurez de no cortar los lazos. Las palabras le salían fáciles, como siempre.

Ella lo escuchó en silencio. La respiración al otro lado de la línea sonaba delgada, cansada. Ya no quedaba rastro de aquella pasión furiosa.

Luego, simplemente colgó. Minutos después, la pantalla del teléfono se iluminó por última vez sobre el velador. Era un mensaje de chat. No había mayúsculas, ni signos de exclamación, ni insultos.

"No te deseo mal", leyó en la pantalla brillante, "pero que caiga sobre ti todo el karma que lleva consigo lo que me has hecho". No tecleó ninguna respuesta. Bloqueó la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y bajó al bar del hotel a pedir un trago. Se sintió ligero. Libre, otra vez, para seguir su rumbo sin dar explicaciones a nadie.

Pasaron los años. Arturo viajó. Cumplió sus propósitos, uno tras otro. Habitaciones, aeropuertos, proyectos terminados. Nunca nadie vino a cobrarle nada. Su vida continuó en un avance constante, sin sobresaltos. El mensaje de chat se fue desdibujando, sepultado bajo kilómetros y caras nuevas.

Hasta esa tarde, frente a la ventana, con la taza de café enfriándose en la mano.Fue entonces cuando comprendió la verdadera dimensión de aquella cita sobre el tiempo y lo que cada uno merece. La venganza no requiere de una tragedia espectacular. A veces, el universo simplemente te concede exactamente lo que te empeñaste en proteger. Miró la sala vacía. La condena de ella se había cumplido con una precisión absoluta, sin que tuviera que mover un dedo. Él había logrado conservar su sagrada independencia, sus viajes, y sus intocables vínculos del pasado. Pero desde aquella noche en el hotel en que la pantalla se apagó, nunca más volvió a sentir nada parecido a la energía de esa mujer. Se había secado. Se había convertido en un hombre de hojalata que iba de un lugar a otro, rodeado de viejos conocidos, pero incapaz de encenderse con nada. El karma no era un rayo cayendo del cielo. Era esto. Este silencio. El eco estático de un disco que ya no tiene música para tocar

Sostener

Deseo ser tu voz
llevarla al oido
abrazar tu duda
ser otra pregunta

Se sabe

El karma no era un rayo cayendo del cielo.
Era esto. Este silencio.
El eco estático de un disco que ya no tiene música para tocar.
Has vuelto a poner música
para tocar
para enteder 

y se sabe:
Apenas aprendemos desaparecemos.

miércoles, 3 de junio de 2026

Buenos Días en Buenos Aires

El olor a río revuelto y a gasolina se le quedó pegado en la piel apenas pisó el muelle. Arturo Rondón bajó del pasamano del buque mercante y lo primero que vio fue la inmensidad turbia de un Río de la Plata que no parecía un río, sino un mar indomable, un monstruo de agua dulce que empujaba los barcos contra los muelles de un Puerto Madero que todavía funcionaba a pleno ritmo, con grúas ruidosas y estibadores a los gritos. Tenía veinticinco años. Buenos Aires se le vino encima de golpe: una bestia urbana de proporciones gigantescas, con un aire europeo inconfundible en las molduras de los edificios y una marea de gente tan diversa que hacía que cualquiera se sintiera invisible.Y eso fue exactamente lo que Arturo hizo. Volverse invisible y caminar.

Inició una caminata larga, extenuante, con el balanceo del mar todavía metido en las piernas. Subió desde el bajo, cruzó la avenida Corrientes y se metió de lleno en el hormiguero del centro. Caminó horas. Pasó por avenidas ruidosas y luego por una sucesión de plazas y parques donde el aroma de la vegetación, el aire denso de la gran ciudad y el calor de la tierra parecieron provocarle una suerte de narcotización.  En ese estado de trance pedestre, los recuerdos empezaron a flotar. Pensó en su juventud reciente, en los años de estudio universitario, en esa urgencia casi desesperada que lo había llevado a convertirse en un marino mercante. Quería probarse. Necesitaba descubrir, sin saberlo con claridad, cuánto pesaba y cuánto medía como hombre en el mundo real, lejos de los mapas y los libros. Caminar y caminar. Deambuló sin rumbo fijo hasta que la geografía de la ciudad empezó a cambiar, a volverse más baja, más humana. Llegó a Palermo, directo a la Plaza Armenia. El ruido del centro se apagó. Ahí el paisaje era distinto: casas contiguas de uno o dos pisos, algunos edificios bajos y fachadas de colores continuas que configuraban un barrio tradicional, tranquilo, donde el tiempo corría más lento y los niños jugaban a la pelota en medio de la plaza.

Se sentó en un banco. El entorno lo asaltó con una familiaridad inesperada. Arturo sabía, por las veces contadas con los dedos de una mano, que había ido a Chillán, que algo de Palermo había en Chillán y viceversa. Rondón nació a inicios de la década del 70. Mirando las casas bajas de Palermo, no pudo evitar recordar las pocas escenas que guardaba de esa ciudad natal. Rondón nació en Febrero, un verano sofocante, irritante, pegajoso. Chile crujía bajo una intensa convulsión social; el campo y la ciudad se mezclaban en las calles de Ñuble, habitadas por una generación joven cargada de una esperanza ciega y arrolladora. Querían transformarlo todo. Venían a quebrar una sociedad abusiva e injusta, convencidos de que era posible construir un lugar donde todos tuvieran la misma oportunidad de empezar desde el inicio. Al mismo tiempo, el pueblo mostraba sus costuras: a pesar de los años transcurridos, los rastros del gran terremoto de Chillán seguían visibles en los adobes partidos y los sitios baldíos. Nacer ahí, en ese punto exacto de la historia, era llevar una marca de nacimiento hecha de polvo, calor y utopía.

Se despabiló cuando la tarde empezó a caer. Volvió a la vereda, buscó y logró encontrar una pensión de cuartos altos en el mismo barrio de Palermo. Fue ahí, en esa habitación prestada, donde Arturo experimentó uno de los descubrimientos más grandes de su vida: la simple capacidad de respirar hondo y entender que, en las ciudades donde uno todavía puede mirar a alguien a los ojos y decir «buenos días», siempre se puede empezar una vida nueva y tomar una decisión distinta sobre la propia existencia.

Por esos días, Arturo leía con profusión a James Pennebaker, un autor norteamericano que postulaba el lenguaje expresivo como una terapia fundamental para morigerar las sombras de angustia que habitan en el inconsciente. Pennebaker señalaba que escribir de corrido, durante quince o veinte minutos, tenía el poder de sanar las heridas de la mente; una especie de exorcismo similar a la corriente de la conciencia que James Joyce había inmortalizado en el Ulises. Bajó a la calle y buscó un café de esquina, de esos con mesas de madera gastada. Se sentó al fondo. Sacó un porro que había conseguido con un amigo de la pensión, lo encendió con disimulo y le dio un par de pitadas profundas. El humo hizo su trabajo, abriendo las compuertas de la memoria. Agarró un cuaderno y un bolígrafo y empezó a escribir desatadamente, dejando que el flujo de su mente dictara las palabras sin filtros ni correcciones.

Escribió sobre el buque mercante. El encierro. La locura latente en la tripulación. Los ojos amarillos del gato Pink Floyd fijos en el comedor antes del horror en el Atlántico. En esa catarsis de tinta, Arturo fue anotando, con una lucidez violenta, todo lo que estaba seguro de que no quería para su vida. Uno a uno fue tachando los miedos heredados, los fantasmas del aislamiento, el terror a quedar atrapado en una rutina de hierro. Y en el reverso de la hoja, comenzó a fortalecer sus convicciones, dibujando el contorno de lo que sí quería: la libertad del suelo firme, la literatura, la posibilidad de elegir su propio destino.

Fueron quince minutos de caligrafía urgente y desprolija. Al terminar, cerró el cuaderno. Sintió el pecho liviano, como si el lenguaje escrito se hubiera llevado el lastre del océano. Con la certeza absoluta de que al día siguiente sería capaz de levantarse, mirar al casero de la pensión y decirle «buenos días», Arturo apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y, por primera vez en muchos meses, se quedó profundamente dormido.

El Gato Pink Floyd

La transición de la ciencia exacta a la barbarie mercantil toma exactamente dieciocho meses. Ese es el tiempo que le toma a un biólogo marino comprender que la observación del océano es una pérdida de tiempo y que la única forma de entender el abismo es gobernando el puente de mando de un buque comercial. El sueldo se triplica; la cordura se reduce a la mitad. Arturo Rondón hizo el cambio tras cartografiar el estrecho de Magallanes. Dejó los cuadernos de notas por las cartas náuticas y se integró a la ruta de conectividad del sur de Chile, donde el mar no es una postal, sino una masa gris que devora los hombres.
Navegar meses a la deriva de un horizonte idéntico arranca al marino de la realidad. La adrenalina de los primeros días se evapora y da paso a una rutina hipnótica, una claustrofobia mental donde el barco se transforma en una olla a presión de acero inoxidable. El cerebro, privado de nuevos estímulos, pierde la noción del tiempo entre el zumbido eterno del motor y el vaivén del oleaje. En ese desierto líquido, el tripulante se convierte en un fantasma carcomido por la nostalgia y el miedo a ser olvidado por un mundo que sigue girando sin él.
Fue en esa geografía del aislamiento, subiendo por el Atlántico hacia el primer puerto argentino antes de Buenos Aires, donde Rondón conoció a Miguel Ángel.
Miguel Ángel era un hombre mayor, con la piel rizada por la sal y el alma agrietada por la historia. Había combatido en las patrullas de resistencia del MIR para defender el gobierno de Salvador Allende. Tras el golpe, escapó por un paso clandestino en la cordillera, cambió su nombre y se hizo marino mercante. Era un espectro político flotando en un no-lugar.
El barco estaba dividido en dos facciones silenciosas. El eje del conflicto no era la política, sino un gato blanco y enorme llamado Pink Floyd. Era la mascota del capitán. El animal gozaba de una libertad obscena; caminaba por las mesas del comedor mirando a la tripulación sobre el hombro, con el desdén de quien se sabe intocable. A la hora del almuerzo, su presencia dividía el comedor: los hombres del capitán lo toleraban; los hombres como Miguel Ángel lo observaban con un odio mineral, contenido solo por la ley del mar.
Dos días antes de tocar puerto, en mitad de la nada, se cruzaron con un ballenero británico que bajaba hacia el Cabo de Hornos. En alta mar, el trueque es la única diplomacia viable para alargar las expediciones. Intercambiaron cajas de provisiones. En el transbordo, un marinero extranjero deslizó en las manos de Miguel Ángel un botín de guerra: unas botellas de whisky y varias calcomanías impregnadas con dietilamida de ácido lisérgico. LSD-25. La promesa de una noche inolvidable en tierra firme tras meses de ayuno sensorial.
La tarde del arribo, el cielo se encapotó con la rapidez de una maldición. El viento comenzó a silbar contra el casco y la tormenta se vino encima. No habría desembarco. Atrapados a pocas millas del puerto, la frustración se volvió eléctrica. Miguel Ángel, buscando evadir la realidad de otra noche enjaulado, se adelantó junto a otro marinero y consumió la sustancia.
La cena se sirvió con el buque hundiéndose y elevándose en el oleaje atlántico. El movimiento era violento. Las moléculas del ácido ya habían colonizado los receptores de serotonina de Miguel Ángel cuando este fue obligado a sentarse a la mesa. En el extremo opuesto, el capitán cenaba en silencio. A su lado, Pink Floyd lo observaba todo.
El efecto del alucinógeno dilató el tiempo. Miguel Ángel miraba fijamente al felino, viendo probablemente en sus ojos amarillos el reflejo de los traidores que lo persiguieron en la cordillera. Entonces ocurrió el milagro negro: el gato levantó la cola y un hilito amarillo de orina avanzó por la mesa de metal inoxidable, sorteando los desniveles del oleaje, hasta rodear perfectamente el plato de Miguel Ángel.
El cerebro del exguerrillero hizo cortocircuito. En una cámara lenta de pesadilla, Miguel Ángel se levantó. Su silla cayó hacia atrás. Cruzó el comedor antes de que nadie pudiera reaccionar, agarró a Pink Floyd por la cabeza y corrió hacia la cubierta bajo una lluvia torrencial. Detrás, el comedor estalló. Los hombres del capitán y los amigos de Miguel Ángel se persiguieron por los pasillos estrechos en una estampida de botas y gritos.
Fue inútil. En una esquina de babor, bajo el destello de los relámpagos, Miguel Ángel sacó un cuchillo de marinero. Con una precisión quirúrgica, le cortó la cabeza al animal y arrojó el cuerpo sangrante al abismo negro del Atlántico.
Cuando la turba llegó a la cubierta, lo encontraron de pie, desafiante, con las manos rojas y la mirada perdida en la tormenta, rodeado por hombres que querían lincharlo y otros que formaban una barrera humana para protegerlo. El capitán, pálido, ordenó encerrarlo en el calabozo de proa bajo llave.
El barco entró a puerto al amanecer, escoltado por el silencio y el horror. Arturo Rondón bajó la pasarela esa misma mañana. Miró sus manos, miró el mar gris y comprendió que la línea entre la cordura y el océano es demasiado delgada. Nunca volvió a subir a un buque mercante.

Lo que calzamos 1.0