He perseguido por años un aroma lo traje para siempre lo perdí por años.
Sabré en esas espaldas fundar un tramado desde tus párpados a los míos. Hay un viaje posible yema a yema.
Seguiré las claves que me lleven al mapa.
He perseguido por años un aroma lo traje para siempre lo perdí por años.
Sabré en esas espaldas fundar un tramado desde tus párpados a los míos. Hay un viaje posible yema a yema.
Seguiré las claves que me lleven al mapa.
El guante de cuero de mi tío Arturo ha desaparecido. No es una pérdida menor; es el extravío de una pieza de piel que alguna vez tuvo tacto y ahora es solo un hueco en la memoria de los objetos. Es una ausencia que se coordina como esas bandadas de pájaros del sur austral.
El tío decía que no había que buscarle tres patas al gato. Su ética era un disparo; me dejó un consejo que no pude olvidar: “La vida es muy corta, hay que hacerla corta; hacer lo que nazca, eso es”.
¿Cómo llegaron esos guantes a sus manos?
—Se los gané a un tipo en el Shackleton Bar —decía él—, un sujeto que parecía personaje de una novela de Coloane. Los acepté porque en ese fin del mundo, si no te aferras a algo, te conviertes en un desierto.
Aseguró: “No tengo dudas; el guante está en el mismo lugar donde habita la carta robada de Edgar: seguramente encima de alguna repisa, a simple vista”.
Arturo lo dejó ir porque entendió que, tarde o temprano, la única verdad que queda cuando se apagan las luces es más breve que cualquier cuento; al final, todo se trata de una fábula exagerada.
Una sonda corriendo
sin interferencias
la espuma de la ola se aleja
puede verse en el fondo
vida de aguas mas profundas
Abril en Tracura.
La humedad sube, la temperatura cae
el bosque de la Araucanía respira.
Esa noche de abril,
el día se apagó de un golpe.
Dormir no fue cerrar los ojos
fue cruzar un umbral.
El aire espeso
saturado de esporas invisibles.
La carne de los hongos
el bosque me respiró
en los márgenes y la energía febril
parecía flotar
en el ambiente afiebrado.
La luna se filtró entre los árboles
arrastrado al centro
Caí al piso, la carne comenzó a hablar.
Catarsis plástica, movimientos coherentes y perfectos,
danza moderna cruda, transparente y auténtica.
transpiraba el agua del bosque
la multitud me rodeaba,
juntando las manos para venerar ese exorcismo físico.
El viaje alucinógeno desdibujó los límites de la materia.
Caí por escaleras invisibles en medio de la maleza.
Tres perros en una cuneta amagaron con morder mi mano
antes de volverse dóciles.
A la mañana siguiente, el bosque seguía ahí,
silencioso.
Las setas continuaban su trabajo bajo la hojarasca.
Esa noche comprendí que, cuando el micelio despierta,
la frontera entre la vigilia y el delirio desaparece
el inconsciente emerge y la tierra te lee.