lunes, 27 de abril de 2026

viaje posible

He perseguido por años un aroma lo traje para siempre lo perdí por años.

Sabré en esas espaldas fundar un tramado desde tus párpados a los míos. Hay un viaje posible yema a yema.

Seguiré las claves que me lleven al mapa.

lunes, 20 de abril de 2026

El Rastro Invisible del Tío Arturo

El guante de cuero de mi tío Arturo ha desaparecido. No es una pérdida menor; es el extravío de una pieza de piel que alguna vez tuvo tacto y ahora es solo un hueco en la memoria de los objetos. Es una ausencia que se coordina como esas bandadas de pájaros del sur austral.

El tío decía que no había que buscarle tres patas al gato. Su ética era un disparo; me dejó un consejo que no pude olvidar: “La vida es muy corta, hay que hacerla corta; hacer lo que nazca, eso es”.

¿Cómo llegaron esos guantes a sus manos?

—Se los gané a un tipo en el Shackleton Bar —decía él—, un sujeto que parecía personaje de una novela de Coloane. Los acepté porque en ese fin del mundo, si no te aferras a algo, te conviertes en un desierto.

Aseguró: “No tengo dudas; el guante está en el mismo lugar donde habita la carta robada de Edgar: seguramente encima de alguna repisa, a simple vista”.

Arturo lo dejó ir porque entendió que, tarde o temprano, la única verdad que queda cuando se apagan las luces es más breve que cualquier cuento; al final, todo se trata de una fábula exagerada.

Es urgente

Yo digo que la vida es muy corta
hay que hacerla corta
hacer lo que
nazca
es

miércoles, 8 de abril de 2026

Mapeos y visiones

Una sonda corriendo
sin interferencias 
la espuma de la ola se aleja
puede verse en el fondo 
vida de aguas mas profundas


martes, 7 de abril de 2026

El Espíritu del Bosque tiene un mapa (poética)

Abril en Tracura.
La humedad sube, la temperatura cae
el bosque de la Araucanía respira.

Esa noche de abril,
el día se apagó de un golpe.
Dormir no fue cerrar los ojos
fue cruzar un umbral.
El aire espeso
saturado de esporas invisibles.

La carne de los hongos
el bosque me respiró
en los márgenes y la energía febril
parecía flotar
en el ambiente afiebrado.

La luna se filtró entre los árboles
arrastrado al centro
Caí al piso, la carne comenzó a hablar. 

Catarsis plástica, movimientos coherentes y perfectos,
danza moderna cruda, transparente y auténtica.
transpiraba el agua del bosque
la multitud me rodeaba,
juntando las manos para venerar ese exorcismo físico.

El viaje alucinógeno desdibujó los límites de la materia.
Caí por escaleras invisibles en medio de la maleza.
Tres perros en una cuneta amagaron con morder mi mano
antes de volverse dóciles.

A la mañana siguiente, el bosque seguía ahí,
silencioso.
Las setas continuaban su trabajo bajo la hojarasca.
Esa noche comprendí que, cuando el micelio despierta,
la frontera entre la vigilia y el delirio desaparece
el inconsciente emerge y la tierra te lee.

lunes, 6 de abril de 2026

El Espíritu del Bosque Tiene un Mapa

Abril en Tracura. La humedad sube, la temperatura cae y el bosque de la Araucanía respira a través de su inmensa red de micelio. Esa noche de abril, con una tos persistente, la estufa quemando al mínimo, el día se apagó de un golpe. No había energía eléctrica; apenas unos focos LED acompañaban la oscuridad.

Dormir no fue cerrar los ojos, fue cruzar un umbral. El aire estaba espeso, saturado de esporas invisibles. No hizo falta morder la carne de los hongos; el bosque me respiró a mí. La psilocibina de los Psilocybe ocultos en los pastizales, la ensoñación delirante y disociativa de la Amanita muscaria en los márgenes, y la energía febril del Gymnopilus junonius parecían flotar en el ambiente, apoderándose de mi fiebre.

La luna llena se filtró entre los árboles y, de pronto, el suelo húmedo de la cabaña ya no era solo madera y tierra. Había figuras, cuerpos moviéndose en la penumbra en un trance oriental, a medio camino entre el yoga y el chi-kung. Al principio los observé con desgano, con cierta burla, pero el espíritu del bosque tenía un mapa y me obligó a seguirlo. Mi cuerpo fue arrastrado al centro. Caí al piso, y desde ahí la carne comenzó a hablar. Inició una catarsis plástica, movimientos coherentes y perfectos, una danza moderna cruda, transparente y auténtica. Yo transpiraba el agua del bosque mientras la multitud me rodeaba, juntando las manos para venerar ese exorcismo físico.

El viaje alucinógeno desdibujó los límites de la materia. Caí por escaleras invisibles en medio de la maleza, acechado por tres perros en una cuneta que amagaron con morder mi mano antes de volverse dóciles. La desintegración del espacio me expulsó del bosque y la humedad de la Araucanía se volvió de pronto el concreto del Estadio Nacional. Inmerso en una protesta, defendí a un muchacho rogando a gritos que no se lo llevaran, aferrado a él como mi único soporte emocional. Todo terminó de fracturarse en la confusión.

A la mañana siguiente, el bosque seguía ahí, silencioso. Las setas continuaban su trabajo bajo la hojarasca. Esa noche comprendí que, cuando el micelio despierta, la frontera entre la vigilia y el delirio desaparece; a veces, basta con dormir en su territorio para que el inconsciente emerja y la tierra te lea.