lunes, 20 de abril de 2026

El Rastro Invisible del Tío Arturo

El guante de cuero de mi tío Arturo ha desaparecido. No es una pérdida menor; es el extravío de una pieza de piel que alguna vez tuvo tacto y ahora es solo un hueco en la memoria de los objetos. Es una ausencia que se coordina como esas bandadas de pájaros del sur austral.

El tío decía que no había que buscarle tres patas al gato. Su ética era un disparo; me dejó un consejo que no pude olvidar: “La vida es muy corta, hay que hacerla corta; hacer lo que nazca, eso es”.

¿Cómo llegaron esos guantes a sus manos?

—Se los gané a un tipo en el Shackleton Bar —decía él—, un sujeto que parecía personaje de una novela de Coloane. Los acepté porque en ese fin del mundo, si no te aferras a algo, te conviertes en un desierto.

Aseguró: “No tengo dudas; el guante está en el mismo lugar donde habita la carta robada de Edgar: seguramente encima de alguna repisa, a simple vista”.

Arturo lo dejó ir porque entendió que, tarde o temprano, la única verdad que queda cuando se apagan las luces es más breve que cualquier cuento; al final, todo se trata de una fábula exagerada.

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