lunes, 11 de mayo de 2026

El Comandante Matute

El aire en Concepción tenía ese espesor de los días en que el miedo hace temblar cualquier valentía. Pero a Ramón, que a los diecisiete años se sentía dueño de una inmortalidad prestada, el miedo le resbalaba. Más que su primo, era el amigote del barrio, el cómplice de cuadra con el que Arturo Rondón compartía una curiosidad inmensa por el mundo y esas estupideces que los hacían reír hasta que les doliera el estómago.


Le decían el Comandante Matute. El apodo era una referencia directa al policía de Don Gato y su pandilla. Pero este Matute era un flaco de movimientos eléctricos que, en lugar de una luma, andaba siempre agitando una varilla delgada. La movía para todos lados, desafiando el aire, cortando el sonido con un zumbido seco que parecía una advertencia.


Esa tarde, en el departamento de primer piso frente a la Laguna Redonda, el Comandante Matute no soltaba su varilla. Escuchaba a su pariente, el poeta Omar Lara, hablar de los Cárpatos y de Mihai Eminescu. Omar acababa de traducir El Lucero, esa historia de amor imposible donde Hyperion, el genio inmortal, intenta volverse mortal por la princesa Catalina. Ramón estaba fascinado por esa brecha insalvable entre el ser eterno y la condición de los que mueren.


En un momento, Omar nos miró y con esa sonrisa acogedora y astuta que tenía nos recordó su poema y lo hizo bailar en la conversación:


“Porque esta broma del amor, esta jugada maestra de sentirnos necesarios, ha ganado terreno, nos ha solicitado sabiamente: nos hemos vuelto locos. Hemos resuelto que esto es el amor”.


Ramón dejó de mover la varilla. Se quedó mirando el vacío de la laguna tras el ventanal.

—Es una jugada maestra —susurró, imitando el tono del poeta—. El Lucero quiere bajar, quiere ser como nosotros aunque sepa que se va a quemar.


Cuando el tinto se hizo escaso, los dos amigos salieron a la calle. Cerca de los edificios militares, un conscripto los detuvo. Ramón, con la audacia de quien se cree un astro intocable, no guardó su varilla. La agitó frente al cañón del fusil con un silbido desafiante, como si ese trozo de madera fuera más real que el acero.


—Nunca le puedes disparar a un chileno, ¿me entiendes? —le dijo al soldado. El Comandante Matute no esperaba respuesta; simplemente siguió caminando, cortando el aire con su varilla y dejando atrás al uniformado, que se quedó estático, balbuceando órdenes que nadie escuchó.


Décadas más tarde, al abrir la antología Nohualhue: Ida y Vuelta, Arturo leyó la dedicatoria de Omar y entendió. Aquella tarde no fue una reunión familiar, fue la verdadera jugada maestra: haber habitado ese instante donde la poesía y la bravura de un flaco de barrio se volvieron una sola cosa eterna. Arturo cerró el libro y le pareció escuchar, nítido, el silbido de la varilla cortando el aire. El Comandante Matute seguía ahí, suspendido sobre la laguna, negándose a ser mortal.



domingo, 10 de mayo de 2026

La ñora madre


sábado, 9 de mayo de 2026

Arturo Transparente

 Concepción olía a tiza húmeda y al rastro metálico de Talcahuano. Arturo Rondón, de diez años, lentes gruesos y peinado rígido, enfrentaba al curso en silencio. Su estrabismo a veces le ladeaba el mundo, pero la quietud del aula era nítida.


El profesor aguardaba. En esos ocho segundos de abismo, el silencio del aula pesaba. A su lado, su mejor amigo —rojo como un tomate y con los ojos clavados en el pizarrón— estaba a punto de estallar en una carcajada terminal.


Al verlo, un hilo tibio bajó por la pierna de Arturo hasta encharcar el suelo. Entre el estruendo de las risas, cerró los ojos y se refugió en un recuerdo de una micro Sol Jet; apretó la baranda de fierro, idéntica al camión de madera que le dio su abuelo. En el pick de la vergüenza, simplemente se volvió transparente.


Arturo no bajó la cabeza. Tras los cristales gruesos, su voz brotó con una fluidez feroz que sepultó las burlas. El niño temeroso se quedó en aquel charco; allí nació el orador que, con los zapatos todavía mojados, rompió el silencio para siempre.


martes, 5 de mayo de 2026

Arturo se volvió transparente

Concepción olía a tiza húmeda y a ese rastro metálico que el viento traía de las pesqueras de Talcahuano. Arturo Rondón, con diez años, estaba de pie frente al curso, con sus lentes de marco grueso y el pelo rígidamente peinado hacia un lado. Su estrabismo, a veces, le hacía ver el mundo en diagonal, pero el silencio era perfectamente nítido.

El profesor esperaba la respuesta. Pasaron tres, cinco, ocho segundos. Siempre había sido así: un abismo de tiempo antes de emitir una palabra; una pausa que en el barrio de Laguna Redonda se llenaba con el sonido de los sapos, pero que en la sala de clases se sentía como una sentencia. A su lado, su mejor amigo estaba por estallar; tenía la cara roja como un tomate y los ojos fijos en el pizarrón, aguantando una carcajada terminal.

Al verlo, Arturo sintió un hilo tibio bajando por su pierna. El líquido se coló por la basta del pantalón y formó una poza entre sus zapatos y el piso de madera. El estruendo de las risas no se hizo esperar. Arturo miró el charco y luego cerró los ojos, imaginando que estaba de pie en una micro Sol Jet —blanca con franjas rojas y verdes—, afirmado en la baranda de fierro que se sentía igual al camión de madera que le regaló su abuelo. En ese instante, la vergüenza alcanzó su punto más alto y, simplemente, se volvió transparente.

Rondón no bajó la cabeza. Miró al profesor a través de sus cristales gruesos y, sin esperar un solo segundo, empezó a hablar. Disertó con una fluidez feroz, saltando sobre las burlas con una elocuencia que nadie le conocía. El niño que le temía a las palabras murió en ese charco; allí nació un niño que no le teme a ninguna audiencia, con los zapatos mojados y el silencio roto para siempre.

La luz que vacila

Vuelo azul al mar
aprieto cada grano de arena
susurro
respondo
vuelo
insisto
tomo de la mano el sueño vuelvo y parpadeo.

Parpadee donde quiera abrir los ojos.

Cobija

Pequeños regalos imprevistos
Lo esencial es lo que hace
desprovista de cualquier desamparo
cobija un poema peligroso.

Piedra de lago

Tiempo es lo que hay en el bosque
supe del mar luego
unos ojos me tragaron en un lago

Sonda

Una sonda corriendo sin interferencias
la espuma de la ola se aleja
Puede verse en el fondo
vida de aguas más profundas.

Reparador

Soy un cazador de palabras 
que parecen mariposas
pretendo reparar palabras
encadenar tiempos
como un reglamento
que no traiciona ningún sueño


El ron cola en el fin del mundo

Para entender al tío Arturo, hay que entender a uno de sus grandes amores: Lupe. Leo unas páginas de su diario o "notas de viaje", como le gustaba decir: Lupe tenía treinta y dos años, piel canela y una sonrisa ancha que parecía iluminar el humo del Bar Shackleton. Tenía el pelo corto y una mirada desafiante; de esas que te escrutan el look y la historia personal en un segundo, como si estuviera dictando una sentencia sobre tu propia existencia. Era una científica experta en algas, pero con un alma que todavía vibraba al ritmo de los Sex Pistols. Aunque su pasado era puramente antisistema y punky, su presente era una trinchera desesperada contra la hegemonía de la inversión versus la vida. "Si ellos quieren certeza para invertir", decía con una voz que rugía, "nosotras queremos certeza para proteger la naturaleza". Por mi lado, promediaba los cincuenta y era un intermediario: un hombre capaz de habitar la verticalidad de un yate o la humildad de una canoa en medio de un diluvio, en plena pesca. Un puente entre ingenieros y comunidades locales; un defensor incansable de derechos en el "horroroso Chile", como decía Enrique Lihn. Nos encontramos solos en una mesa, refugiados del encuentro de científicos en Punta Arenas. El primer estado de conexión —ese pacto de credibilidad inmediato— fue el ron cola. En un bar donde imperaba el gin, el pisco o el whisky, ellos compartían ese brebaje anacrónico: un sabor que los separaba del resto. Le conté la historia de la Isla de los Huevones, ese islote en la curva del Lago General Carrera que es una lección de ironía geográfica: "Los que vienen del norte ven a Chile Chico y dicen: 'Allá están los huevones'; y los que están en el pueblo ven venir el bote y dicen: 'Ahí vienen los huevones'. Dependiendo de dónde estés, el tonto siempre es el otro". Nos reímos con ganas bajo el infalible brebaje de las endorfinas. Entre copas, sellamos un plan: zarpar al día siguiente hacia la costa insular más remota para capturar con drones el rastro invisible de las algas. El día pasó adrenalínico y húmedo. Esa noche nos quedamos en el refugio de exploradores esperando que, a la mañana siguiente, vinieran por nosotros. Afuera, el viento de Magallanes aullaba, pero adentro el fuego nos escupía calor en la cara y Lupe me miraba. Ella era una emboscada. Se quitó la parca y ahí estaba, con su olor a mar y a rebeldía punky, hablándome de sus certezas mientras yo solo quería saber a qué sabía su piel acanelada. Me agarró de la camisa y me acercó al fuego. El tiempo se detuvo ahí mismo, entre el humo de la leña. No preciso verla para olfatear esa dulce humedad azul y seguir. Me dice: "Necesito tu abrazo". La abrazo. La trato de usted. Ella me susurra, tibio, suave; mece sus caderas. Su estado es de gracia. Nos coge un ventarrón irresistible, nos paseamos lentamente y vivimos una de esas jornadas en las que una mujer te hace olvidar que hay muerte. Cuando el sol asomó, insólitamente tibio, ella ya estaba de pie, fría como la cuchara de ese café. Me miró una última vez antes de zarpar y supe que ese era el mejor "buenos días" que la vida me iba a regalar antes de que el olvido hiciera su trabajo. No la volví a ver hasta dos décadas después, en un aeropuerto. Caminaba de la mano con un hombre que, al parecer, amaba. Recordé la mañana en que todo terminó. Lo que más me desarmó fue el sonido de mi nombre en sus labios: "Arturo Rondón". En esa sala de embarque cerré los ojos y dejé que el cuento se acabara mientras sonaba en mis audífonos New Morning de Bob Dylan: “So happy just to see you smile Underneath the sky of blue On this new morning, new morning On this new morning with you” "Tan feliz de solo verte sonreír debajo del cielo azul. En esta nueva mañana, nueva mañana. En esta nueva mañana contigo". Abril 2026, Gabriel Reyes Quiroz.