Concepción olía a tiza húmeda y al rastro metálico de Talcahuano. Arturo Rondón, de diez años, lentes gruesos y peinado rígido, enfrentaba al curso en silencio. Su estrabismo a veces le ladeaba el mundo, pero la quietud del aula era nítida.
El profesor aguardaba. En esos ocho segundos de abismo, el silencio del aula pesaba. A su lado, su mejor amigo —rojo como un tomate y con los ojos clavados en el pizarrón— estaba a punto de estallar en una carcajada terminal.
Al verlo, un hilo tibio bajó por la pierna de Arturo hasta encharcar el suelo. Entre el estruendo de las risas, cerró los ojos y se refugió en un recuerdo de una micro Sol Jet; apretó la baranda de fierro, idéntica al camión de madera que le dio su abuelo. En el pick de la vergüenza, simplemente se volvió transparente.
Arturo no bajó la cabeza. Tras los cristales gruesos, su voz brotó con una fluidez feroz que sepultó las burlas. El niño temeroso se quedó en aquel charco; allí nació el orador que, con los zapatos todavía mojados, rompió el silencio para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario