lunes, 6 de abril de 2026

El Espíritu del Bosque Tiene un Mapa

Abril en Tracura. La humedad sube, la temperatura cae y el bosque de la Araucanía respira a través de su inmensa red de micelio. Esa noche de abril, con una tos persistente, la estufa quemando al mínimo, el día se apagó de un golpe. No había energía eléctrica; apenas unos focos LED acompañaban la oscuridad.

Dormir no fue cerrar los ojos, fue cruzar un umbral. El aire estaba espeso, saturado de esporas invisibles. No hizo falta morder la carne de los hongos; el bosque me respiró a mí. La psilocibina de los Psilocybe ocultos en los pastizales, la ensoñación delirante y disociativa de la Amanita muscaria en los márgenes, y la energía febril del Gymnopilus junonius parecían flotar en el ambiente, apoderándose de mi fiebre.

La luna llena se filtró entre los árboles y, de pronto, el suelo húmedo de la cabaña ya no era solo madera y tierra. Había figuras, cuerpos moviéndose en la penumbra en un trance oriental, a medio camino entre el yoga y el chi-kung. Al principio los observé con desgano, con cierta burla, pero el espíritu del bosque tenía un mapa y me obligó a seguirlo. Mi cuerpo fue arrastrado al centro. Caí al piso, y desde ahí la carne comenzó a hablar. Inició una catarsis plástica, movimientos coherentes y perfectos, una danza moderna cruda, transparente y auténtica. Yo transpiraba el agua del bosque mientras la multitud me rodeaba, juntando las manos para venerar ese exorcismo físico.

El viaje alucinógeno desdibujó los límites de la materia. Caí por escaleras invisibles en medio de la maleza, acechado por tres perros en una cuneta que amagaron con morder mi mano antes de volverse dóciles. La desintegración del espacio me expulsó del bosque y la humedad de la Araucanía se volvió de pronto el concreto del Estadio Nacional. Inmerso en una protesta, defendí a un muchacho rogando a gritos que no se lo llevaran, aferrado a él como mi único soporte emocional. Todo terminó de fracturarse en la confusión.

A la mañana siguiente, el bosque seguía ahí, silencioso. Las setas continuaban su trabajo bajo la hojarasca. Esa noche comprendí que, cuando el micelio despierta, la frontera entre la vigilia y el delirio desaparece; a veces, basta con dormir en su territorio para que el inconsciente emerja y la tierra te lea.

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