miércoles, 3 de junio de 2026

Buenos Días en Buenos Aires

El olor a río revuelto y a gasolina se le quedó pegado en la piel apenas pisó el muelle. Arturo Rondón bajó del pasamano del buque mercante y lo primero que vio fue la inmensidad turbia de un Río de la Plata que no parecía un río, sino un mar indomable, un monstruo de agua dulce que empujaba los barcos contra los muelles de un Puerto Madero que todavía funcionaba a pleno ritmo, con grúas ruidosas y estibadores a los gritos. Tenía veinticinco años. Buenos Aires se le vino encima de golpe: una bestia urbana de proporciones gigantescas, con un aire europeo inconfundible en las molduras de los edificios y una marea de gente tan diversa que hacía que cualquiera se sintiera invisible.Y eso fue exactamente lo que Arturo hizo. Volverse invisible y caminar.

Inició una caminata larga, extenuante, con el balanceo del mar todavía metido en las piernas. Subió desde el bajo, cruzó la avenida Corrientes y se metió de lleno en el hormiguero del centro. Caminó horas. Pasó por avenidas ruidosas y luego por una sucesión de plazas y parques donde el aroma de la vegetación, el aire denso de la gran ciudad y el calor de la tierra parecieron provocarle una suerte de narcotización.  En ese estado de trance pedestre, los recuerdos empezaron a flotar. Pensó en su juventud reciente, en los años de estudio universitario, en esa urgencia casi desesperada que lo había llevado a convertirse en un marino mercante. Quería probarse. Necesitaba descubrir, sin saberlo con claridad, cuánto pesaba y cuánto medía como hombre en el mundo real, lejos de los mapas y los libros. Caminar y caminar. Deambuló sin rumbo fijo hasta que la geografía de la ciudad empezó a cambiar, a volverse más baja, más humana. Llegó a Palermo, directo a la Plaza Armenia. El ruido del centro se apagó. Ahí el paisaje era distinto: casas contiguas de uno o dos pisos, algunos edificios bajos y fachadas de colores continuas que configuraban un barrio tradicional, tranquilo, donde el tiempo corría más lento y los niños jugaban a la pelota en medio de la plaza.

Se sentó en un banco. El entorno lo asaltó con una familiaridad inesperada. Arturo sabía, por las veces contadas con los dedos de una mano, que había ido a Chillán, que algo de Palermo había en Chillán y viceversa. Rondón nació a inicios de la década del 70. Mirando las casas bajas de Palermo, no pudo evitar recordar las pocas escenas que guardaba de esa ciudad natal. Rondón nació en Febrero, un verano sofocante, irritante, pegajoso. Chile crujía bajo una intensa convulsión social; el campo y la ciudad se mezclaban en las calles de Ñuble, habitadas por una generación joven cargada de una esperanza ciega y arrolladora. Querían transformarlo todo. Venían a quebrar una sociedad abusiva e injusta, convencidos de que era posible construir un lugar donde todos tuvieran la misma oportunidad de empezar desde el inicio. Al mismo tiempo, el pueblo mostraba sus costuras: a pesar de los años transcurridos, los rastros del gran terremoto de Chillán seguían visibles en los adobes partidos y los sitios baldíos. Nacer ahí, en ese punto exacto de la historia, era llevar una marca de nacimiento hecha de polvo, calor y utopía.

Se despabiló cuando la tarde empezó a caer. Volvió a la vereda, buscó y logró encontrar una pensión de cuartos altos en el mismo barrio de Palermo. Fue ahí, en esa habitación prestada, donde Arturo experimentó uno de los descubrimientos más grandes de su vida: la simple capacidad de respirar hondo y entender que, en las ciudades donde uno todavía puede mirar a alguien a los ojos y decir «buenos días», siempre se puede empezar una vida nueva y tomar una decisión distinta sobre la propia existencia.

Por esos días, Arturo leía con profusión a James Pennebaker, un autor norteamericano que postulaba el lenguaje expresivo como una terapia fundamental para morigerar las sombras de angustia que habitan en el inconsciente. Pennebaker señalaba que escribir de corrido, durante quince o veinte minutos, tenía el poder de sanar las heridas de la mente; una especie de exorcismo similar a la corriente de la conciencia que James Joyce había inmortalizado en el Ulises. Bajó a la calle y buscó un café de esquina, de esos con mesas de madera gastada. Se sentó al fondo. Sacó un porro que había conseguido con un amigo de la pensión, lo encendió con disimulo y le dio un par de pitadas profundas. El humo hizo su trabajo, abriendo las compuertas de la memoria. Agarró un cuaderno y un bolígrafo y empezó a escribir desatadamente, dejando que el flujo de su mente dictara las palabras sin filtros ni correcciones.

Escribió sobre el buque mercante. El encierro. La locura latente en la tripulación. Los ojos amarillos del gato Pink Floyd fijos en el comedor antes del horror en el Atlántico. En esa catarsis de tinta, Arturo fue anotando, con una lucidez violenta, todo lo que estaba seguro de que no quería para su vida. Uno a uno fue tachando los miedos heredados, los fantasmas del aislamiento, el terror a quedar atrapado en una rutina de hierro. Y en el reverso de la hoja, comenzó a fortalecer sus convicciones, dibujando el contorno de lo que sí quería: la libertad del suelo firme, la literatura, la posibilidad de elegir su propio destino.

Fueron quince minutos de caligrafía urgente y desprolija. Al terminar, cerró el cuaderno. Sintió el pecho liviano, como si el lenguaje escrito se hubiera llevado el lastre del océano. Con la certeza absoluta de que al día siguiente sería capaz de levantarse, mirar al casero de la pensión y decirle «buenos días», Arturo apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y, por primera vez en muchos meses, se quedó profundamente dormido.

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